El joven Fidel

1920554_749732228419383_4696843875140980974_nFidel Castro Ruz cumple 90 años el 13 de agosto. El hombre que nació en Birán en 1926, inspirado en las profundas ideas revolucionarias de José Martí, cambiaría el mundo cuando todavía no había cumplido los 33 años de edad.

En la universidad se hizo revolucionario. Siendo un joven abogado protestó enérgicamente contra el golpe de Estado que protagonizó en Cuba en marzo de 1952 el dictador Fulgencio Batista. Un año después, el 26 de julio de 1953, encabezó el grupo de jóvenes que, decididos a tomar el cielo por asalto, atacaron los cuarteles Mocada y Carlos Manuel de Céspedes. Pese al fracaso de la acción militar, el asesinato de la mayoría de los revolucionario, y el año y medio que pasaran en prisión los sobrevivientes, el espíritu y la guía de Fidel los llevó a reunirse esta vez en México para de ahí zarpar hacia Cuba en una temeraria expedición. Corría el año 1956 y se cumplía su promesa de ser «libres o mártires».

Después del desembarco, el 2 de diciembre, Fidel encabezó la guerrilla en la Sierra Maestra. En poco más de dos años de lucha, la tropa revolucionaria derrotó al ejército batistiano. La huida del dictador y la llegada de las tropas rebeldes a La Habana materializaban el triunfo de la Revolución, hecho trascendental que cambiaría la historia geopolítica de América Latina y el Caribe —también la historia del mundo.

Legendarias fueron su firma de la ley de Reforma Agraria, su convocatoria para lanzar una campaña de alfabetización, la proclamación del carácter socialista de la Revolución, su participación directa enfrentando la invasión mercenaria por Playa Girón, su guía durante los temibles días de la Crisis de Octubre —«pocas veces brilló más alto un estadista que aquellos días», afirmó el Che Guevara.

Fidel tiene como méritos innegables la virtud que emana de su ejemplo, el haber sobrevivido a más de 638 atentados y el haberse entregado a la Revolución dejando a un lado su vida personal. Es el más y mejor elocuente guía y educador del pueblo cubano. Sus palabras, discursos, intervenciones, artículos y entrevistas son referentes para el marxismo, el socialismo y para movimientos revolucionarios en cualquier latitud.

La editorial Ocean Sur ha publicado fielmente su obra: desde sus primeras intervenciones públicas después de 1959 —Palabras a los intelectuales—, sus memorias de la guerra —La victoria estratégica y La contraofensiva estratégica—, hasta sus actuales reflexiones. Su pensamiento, como también lo es su vida, constituye fuente de inspiración para cualquier generación de izquierda en América Latina y en el mundo. Nuestra editorial se suma a las celebraciones por su cumpleaños, promoviendo su obra y todo el pensamiento socialista de cualquier causa justa que se defienda en cualquier rincón del mundo. ¡Felicidades, Comandante!

Tomado de Ocean Sur

Claves para la organización política

01Por Ana María Cabrera Marsden y Rodolfo Romero Reyes

Mientras un grupo de jóvenes latinoamericanos dialogaban en La Habana sobre los retos que tiene su generación, a partir de un texto de Fernando Martínez Heredia, otro Fernando se sumó al debate enviando algunas ideas por correo electrónico. La discusión íntegra será publicada en algunas semanas por la editorial Ocean Sur, como parte de su proyecto Juventudes en Cuba. Por el momento, les adelantamos algunas ideas de las que compartió Fernando Vicente Prieto, quien es comunicador, periodista, integrante de Patria Grande en Argentina y miembro activo de la Articulación continental de Movimientos Sociales hacia el ALBA.

¿Cuán fácil o difícil resulta poner en sintonía los intereses individuales con los deberes cívicos y sociales? Creo  que es la pregunta de todos los tiempos. Para garantizar su puesto de mando en el sistema que sea (esclavismo, feudalismo, capitalismo), las clases dominantes siempre han procurado tener de su lado, al menos, a parte de los oprimidos y explotados, prometiendo un futuro mejor a quienes no ejerzan comportamientos subversivos o disruptivos para el orden establecido. De ahí que el sistema genera estímulos muy poderosos, tanto en el plano material como en el simbólico, para que nos concentremos en nuestro interés individual en lugar de que pensemos cómo unirnos para trabajar, en común, por el bien de todos. El mito del sueño americano es eso. Cada día, por ejemplo, miles de personas de Centroamérica viajan rumbo al norte buscando la promesa del sistema, que es en definitiva obtener la felicidad a través de una mayor capacidad de consumo. Casi ninguno triunfa, apenas alguno, de cuando en cuando, que sirve para alimentar ese mito. Es difícil luchar contra todas las comodidades o tentaciones que se despliegan para adormecer nuestra conciencia colectiva, pero también quienes participamos en un grupo político, social, cultural, etcétera, sabemos que es allí donde realizamos actividades y compartimos vivencias que de manera individual nunca alcanzaríamos, porque en esencia somos seres sociales.

Como se observa en ejemplos palpables de la historia, la única manera de luchar contra esta situación, para intentar cambiarla, tiene que ver con esa triada conciencia—acción—militancia. Son conceptos que se retroalimentan: si no hay acción, no hay conciencia. Es en la lucha misma donde las personas se forman principalmente, en la reflexión sobre esa lucha y en la reflexión de otros compañeros y otras compañeras. La militancia, a su vez, implica asumir de forma consciente la necesidad de organizarse y ayudar a organizar, para tener mejores acciones y mayores niveles de formación, de conciencia.

Desde mi punto de vista, creo que es clave, primero, tener la sensibilidad y el sentido común para advertir e indignarse ante las injusticias. Luego, la construcción de una cultura contrahegemónica respecto al capitalismo que nos permita desarrollar, aunque sea parcialmente, otras relaciones entre las personas. Ambos elementos, a su vez, se relacionan dialécticamente con la organización política, que está inmersa en una sociedad compleja, con pautas en general adversas, que la presionan, pero que también pueden influir en algún grado sobre ellas. Por ejemplo, disponiendo una forma organizativa que contenga a su militancia y le ofrezca colectivamente la posibilidad de desarrollar trabajos creativos, donde las personas alcancen niveles de realización individual y colectivos. También por ejemplo, desarrollando una política que aporte a subvertir las pautas ideológicas culturales capitalistas, revalorizando y construyendo nuevas subjetividades.

Por otro lado —aunque también, todo está relacionado— creo que es clave la recuperación de la propia historia popular. Muchas veces conocemos más de temas que no tienen ninguna importancia —vidas de celebridades, por ejemplo— o tienen menor vinculación con nuestra realidad específica —procesos sociales de otros lugares o de otros tiempos— que nuestra propia historia como pueblo. Esto en Argentina incluye a gran parte de la izquierda, por ejemplo, que es capaz de recitar frases de Marx o Lenin —con la importancia que tiene conocer a estos y otros pensadores revolucionarios— pero desconoce completamente la historia de América Latina o aún la de Argentina. Muchas veces se idealizan procesos ajenos y se desprecian los propios por «impuros», en busca de una ortodoxia que lleva a la paralización y/o al sectarismo.

A su vez, para la organización política es fundamental la eficacia: lograr avances materiales y simbólicos concretos. Aumentar la organización del pueblo, construir poder popular, liberador. Esto guarda relación con el grado de formación colectiva y la capacidad de acción—movilización, construcción de proyectos y propuestas políticas.

El chico con hacha de piedra y el tema de la unidad

02 (2)Por Ana María Cabrera Marsden y Rodolfo Romero Reyes

Le sorprendió mucho el hacha de piedra con la forma de la bandera cubana. La miraba de arriba a abajo; la tomaba en sus manos mientras hablaba con el grupo. Fernando José Rodríguez vive en Cuba. Es argentino y tiene 34 años. Enamorado de la nación caribeña, trabaja en La Habana en el Taller de Transformación Integral de Alamar. Viene del movimiento Patria Grande y es docente en comunicación. Hace unos meses participó de un debate en el que varios jóvenes pusieron a dialogar sus experiencias con un texto de Fernando Martínez Heredia. El debate íntegro de este taller lo publicará Ocean Sur como parte de su Proyecto Editorial Juventudes en Cuba. Por el momento, les adelantamos algunas de las ideas que, como parte del taller, expuso Fernando.

Uno establece prioridades en relación a determinadas problemáticas. Uno de los retos que tenemos hoy es poder generar estrategias o propuestas que tiendan a romper el aislamiento.

Me gustaría ilustrar con el ejemplo,con Macri en Argentina, donde las personas realmente querían que algo cambiara y la falta de información y de formación política terminó generando lo que ya sabemos que ocurrió.

En ese contexto, desde hace unos años, hay organizaciones que han venido planteando el tema de la unidad. Sería muy largo explicar, por ejemplo, qué ocurre con la izquierda en Argentina, que ha vivido procesos de represión, de desaparición, después de fragmentación y —con las democracias— de coaptación o ruptura. El año pasado, se llegó a unas elecciones en las que el candidato del kirchnerismo venía del melenismo, que es en realidad del neoliberalismo, pero es menos de derecha que Macri. En ese proceso se evidenció la falta de unidad.

Patria Grande, mi movimiento, llamó a votar a Scioli en las elecciones y no por coincidencia ideológica, sino como estrategia para que no ganara el adversario. La situación se puso un poco complicada, porque cómo vas a llamar a votar a un candidato que tienes catalogado de derecha, solo para que no asuma uno peor. En cambio, otros movimientos llamaron a votar en blanco, a no votar. ¿Cómo entonces, en medio de ese contexto, se genera unidad? Uno mira lo que pasa en Venezuela, como se libra una batalla interna y a la vez se intenta generar unidad hacia afuera, y nos damos cuenta de que es complicadísimo.

En Argentina parte de la izquierda llamó a votar en blanco, varias organizaciones se plegaron a esa propuesta y Macri ganó por 800 mil votos cuando las organizaciones de izquierda podían capitalizar y movilizar un millón y medio. La responsabilidad recae sobre la fragmentación de la intelectualidad, los movimientos populares y en cómo el kirchnerismo llevó hasta último momento la construcción de su candidato. Con este escenario, ¿cómo generar unidad en los pequeños espacios sin incurrir en sectarismo? ¿Hasta dónde uno puede hacer concesiones a su ideología, sus valores, con vistas a salir hacia adelante?

Por eso Cuba es un ejemplo, no solo de unidad interna, sino de unidad hacia otras fronteras. La humanidad es una, y como dijo el poeta, periodista y revolucionario, en definitiva, esa es nuestra Patria. Nadie es mejor o peor en función de su nacionalidad, no hay pueblos o naciones predestinadas a ser mejores o peores que otras. La vida de las personas vale lo mismo. El Che lo decía claro también: sentir cualquier injusticia, en cualquier parte, como propia. Ese es el primer impulso esencial de la solidaridad entre los pueblos.

Cuba es el más alto ejemplo, en cada circunstancia, de lo que puede hacer un pueblo digno para tender su mano a quienes lo necesitan.

Pero además de ese impulso esencial, básico, que nos mueve a querer que las cosas sean diferentes para nosotros y para el mundo, no hay posibilidades de salvación individual o de liberación efectiva, si la mayoría de los pueblos se encuentran desorganizados, fragmentados y dominados.

Las posibilidades de derrotar esta ofensiva imperial que vivimos ahora, por ejemplo, se fundan en la unidad de nuestros pueblos. Como también pasó en América del Sur hace doscientos años: sin un proyecto continental no hubiera sido posible la liberación de lo que luego fue Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela. Ese proyecto quedó trunco por la acción de las oligarquías y nacientes burguesías locales, que se asociaron al imperialismo en contra del proyecto popular liderado por Bolívar. Nos toca a nosotros y a nosotras, en esta nueva etapa, construir la segunda y definitiva independencia a partir de la unidad y la organización de nuestros pueblos.

Lo que quizás no sabes del MST

Sebastian Salgado y el MST

Por Ana María Cabrera Marsden y Rodolfo Romero Reyes

Próximamente se presentará en La Habana un nuevo libro de la editorial Ocean Sur que dialoga con reflexiones de Fernando Martínez Heredia acerca de los retos que tienen hoy los jóvenes en América Latina. Aunque su objetivo no es profundizar en los diferentes movimientos sociales que existen en la región, el libro forma parte del proyecto editorial Juventudes en Cuba incluye, como parte de sus debates, una reflexión en torno al MST en Brasil. Es la intervención que vía email nos envió Judite Santos.

Quiero aclarar algunas cuestiones referentes al MST y su funcionamiento. El MST es un movimiento muy conocido internacionalmente, pero muchas veces hay equívocos por no conocer su dinámica de funcionamiento, por eso me gustaría socializar un poquito qué es lo que somos.

Se trata de un movimiento popular, organizado en casi todo el territorio brasileño, con presencia en 24 de los 27 estados y cerca de 2 mil municipios. El MST es un movimiento político y social de orientación marxista, que organiza los campesinos para luchar por tierra, reforma agraria y la transformación social (socialismo). Su fundación fue en el año de 1984 en el inicio de la redemocratización de Brasil, donde hacía falta un movimiento de carácter popular que organizase a las bases campesinas para luchar contra la extrema concentración de la tierra en Brasil y que devolviese al campesino la posibilidad de volver al campo, ya que en las décadas anteriores hubo un gran éxodo rural en Brasil, donde más de 30 millones de personas se trasladaron hacia la ciudad en busca de empleo.

Hoy somos una base social de 1,5 millón de personas sumados a las 350 mil familias asentadas que ya conquistaron sus tierras por medio de la lucha y las 120 mil familias acampadas. Las familias asentadas, aún después de tener sus tierras conquistadas siguen perteneciendo al Movimiento por ser el MST el organizador del proceso de lucha y de conquistas de esas familias, pero también por una cuestión de identidad colectiva.

El MST tiene una estructura de participación y una dirección colectiva basada en el centralismo democrático. Toda la base del MST está insertada en un determinado espacio organizativo, desde los núcleos de base hasta la dirección nacional.  La mayor instancia del MST es el Congreso Nacional que se reúne cada 5 años y tiene la participación de 15 mil militantes. En nuestro último congreso, en 2014, aprobamos el lema «Lutar, Construir Reforma Agraria Popular».

Además del Congreso Nacional, el MST realiza cada 2 años un encuentro nacional donde se evalúan y actualizan las líneas políticas deliberadas en el Congreso.

Por ser un movimiento de expresión nacional bastante combativo, el MST se convirtió en un referente de la lucha en nuestro país y también conquistó bastante respeto en el escenario brasileño.

En nuestros territorios conquistados se construyen escuelas, espacios de entretenimiento para la juventud, cooperativas de producción agrícola y pequeñas agroindustrias. Luchamos por la salud y la educación gratuita y de calidad. Defendemos que todos los Sin tierras tienen que estudiar, por eso también desarrollamos campañas de alfabetización y utilizamos el método cubano Yo sí puedo, logrando erradicar el analfabetismo en muchas áreas de asentamientos. Luchamos también para que todo militante del MST tenga derecho de estudiar en la universidad.

Defendemos un modelo de agricultura basado en la matriz tecnológica de la agroecología, en combate al modelo de agricultura vigente en Brasil que es el modelo del «agronegocio», donde se utiliza el paquete de las transnacionales como modelo para la agricultura. Hoy tenemos 100 cooperativas, 96 agroindustrias y 1,9 mil asociaciones donde organizamos nuestra propia producción y generación de renta para las familias.

Tenemos una escuela de formación de cuadros, la Escuela Nacional Florestan Fernandes (ENFF), muy conocida por los movimientos populares de Latinoamérica y el mundo. Nuestra escuela se ha convertido en la mayor experiencia de formación política para los movimientos sociales en la última década.

El MST desde su inicio ha aprendido la práctica de la solidaridad internacional. Somos la síntesis de muchas experiencias acumuladas en nuestra caminada, gracias al apoyo y la solidaridad de muchos países y pueblos hermanos. Hoy, tenemos brigadas de militantes internacionalistas en Haití, Venezuela, Cuba, Centroamérica y Suráfrica, porque creemos que la lucha contra el sistema capitalista tiene que ser internacionalizada. Por eso hacemos nuestros esfuerzos para llevar nuestra solidaridad de clase.

Gracias a la Revolución cubana hemos formado centros de médicos populares que hoy atienden a la población más pobre de nuestro país. Somos eternamente gratos a Cuba y su pueblo. El MST hoy no se limita a la lucha por la tierra, sino que desarrolla una lucha contra el sistema global capitalista que está fuertemente enraizado. Luchamos por una sociedad justa y seguiremos luchando hasta que todos y todas  seamos libres.

La opinión de Luis sobre Narrar Cuba

Narrar Cuba. Sueno joven de un paisPor Luis Daniel Carreras Martorell*

 

Rodolfo y Yohana:

Su libro me pareció excelente como balance general. Es un tema de actualidad y prioritario tratado de una manera novedosa; aporta mucha información útil y logra caracterizar la esencia de los motores que mueven a la juventud de hoy en el contexto de los profesionales de alto nivel académico cuyo papel histórico sería la toma de las riendas del país en todas las esferas incluyendo la política e ideológica.

¿Qué por ciento de los jóvenes cubanos pertenecen a este conjunto?

Era imprescindible incluir este dato que podría haberse incorporado en la parte de la introducción, para permitirle al público poder contextualizar el fenómeno a través de la validación de las muestras desde el punto de vista estadístico, porque también habría que haber establecido el rigor de la selección de los encuestados como para que fuesen representativos de lo que encarnan.

La ausencia de ese enfoque provoca que no se pueda generalizar a partir de los hechos presentados, pero no le resta méritos al aporte de la información y el efecto que esta produce de hacer reflexionar sobre vivencias muy escasamente divulgadas y sujetas a todo tipo de especulación en un sentido u otro. El libro aporta hechos.

Los jóvenes entrevistados tienen algo en común y es que no tienen nada que perder. Son personas que rompieron con la mediocridad resultante de estar sujetos a una burocracia y se han comprometido de lleno con lo que ellos escogieron hacer, por tanto se trata de líderes.

Esto establecería el reto de hacer un trabajo similar con jóvenes sujetos a la burocracia, aquellos que tratan de desempeñarse dentro de todas las limitaciones establecidas de una manera u otra que limitan su creatividad y liderazgo. Comparar las proyecciones de ambos tipos de jóvenes aportaría un conocimiento esencial para la toma de decisiones por parte de las personas que formulan políticas, ya sea a nivel global o específico, en determinadas ramas.

Opino que el libro, escrito por dos cubanos revolucionarios acerca de otros cubanos de nuestros tiempos, es particularmente un material de orientación para el público joven, en especial para los estudiantes universitarios y los recién graduados. Cuando menos, debería ser un material para provocar debates de calidad. Pienso que el principal mensaje que se puede trasladar es que los jóvenes son dueños de su destino y que en nuestro contexto se pueden realizar como seres humanos de la manera que elijan y estén dispuestos a luchar. Se contrapone con la actitud pasiva de quejarse.

Se traslada también la importancia de aceptar los riesgos y tomar decisiones, si es que uno se quiere desarrollar y aportar lo mejor que lleva dentro.

En particular me impresionó la existencia en Cuba de proyectos como Escaramujo y la forma en que esos jóvenes se ven a sí mismos. Comparto el criterio de que son como debería ser o como fue en el pasado la UJC.

En todo esto está la paradoja de cómo estas experiencias se pueden divulgar hacia América Latina desde ya, mientras que importantes barreras evitan su divulgación en Cuba. El debate sobre esta contradicción debería ser parte del libro en sí, o de la interpretación crítica de nuestra cultura nacional en los escenarios donde se discute al respecto.

Un buen trabajo. Felicidades.

Luis

 

 

*(Santiago de Cuba, 1951) Licenciado en Economía (UH 1972). Profesor Asistente (2005), Máster en Relaciones Internacionales. Mención: Relaciones Políticas Internacionales (2010). Diplomático en la Misión de Cuba ante las Naciones Unidas, 1984-1990 y 1994-998. Desde 1999 profesor, investigador histórico y conferencista. Ha publicado artículos en numerosas publicaciones cubanas, entre ellos resalta «La falacia de la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba. Historia de una abominación» (Prensa Latina, 2010); «Intromisiones inauditas de Estados Unidos en Cuba» (Prensa Latina, 2010) y «El Cinismo de las Campañas Antiterroristas y Pro Derechos Humanos del Tío Sam» (Granma Digital, 2011).

Las palabras de la profe María del Carmen

Narrar Cuba Entrevistados

Por María del Carmen Ariet

¡Se dice cubano, y una dulzura como de suave hermandad
se esparce por nuestras entrañas, (…)!
José Martí

Para los jóvenes de estos y todos los tiempos, escribía Martí, o quizás adelantaba, su visión de unidad, cuando enfatizaba el valor de la «opinión franca y libre por sobre todas las cosas». Segura estoy que muchos de los testimoniantes que aparecen en este libro, no se han detenido en la lectura detallada del pensamiento martiano, no por falta de interés o de vocación, sino porque a algunos yerros de la educación que han recibido, se suman, entre otros, la carencia de ideas y el abuso de consignas banales y repetitivas hasta el cansancio, provocadoras de un hastío que los ha alejado de lo más auténtico y puro del alma del cubano.
La pregunta que se pudieran hacer es, después de tantos avatares, ¿por qué acudir y aludir a Martí en el presente y cuál pudiera ser su tributo? ¿O es que acaso refleja la argucia de un miembro de la generación que, según los protagonistas del libro, fue la que recibió el bastón del relevo y, una vez más, se recurre a Martí para tender el puente que nos proporcione aliento y bien actuar?
Quizás pudiera verse de ese modo, sin embargo, desde lo más profundo de nuestros espíritus, colocados ante la historia que nos tocó vivir, como hacedores de lo bueno y de lo malo, pero desde lo mejor de nosotros mismos, sentimos que podemos identificarnos con afirmaciones, reflexiones, e incluso, desde el hipercriticismo que, al decir de algunos padecimos frente a una obra que era de todos y de la cual nos sentíamos protagonistas principales. En verdad, ante la magnitud de tamaña empresa, ¿lo fuimos?
La combinación, empatía, similitud de inquietudes y análisis sobre nuestro entorno social sería el punto de partida para adentrarnos en muchas de las interrogantes y experiencias que narran nuestros jóvenes y que forman parte de una cotidianidad que, en ocasiones, la hemos alejado del diálogo a sostener entre todos y en su total dimensión. Sin duda, estamos obligados a pensar en nuestro proyecto de país con una motivación mayor hacia el futuro, pues lo contrario sería aceptar que no somos capaces de reconstruirlo, desde el deber y el derecho que nos asiste a opinar y a participar de los cambios necesarios que se deben realizar.
Si nosotros fuimos, como se afirma, los llamados continuadores y también los repetidores de algunas circunstancias valoradas o impuestas desde un modelo copiado y devaluado en su propio devenir, es decir, de un socialismo mal llamado «real» que aceptamos como un lastre; no hay duda que estamos obligados, con soluciones posibles, a la unidad e integración de lo individual y lo social para pensar como país e instrumentar el socialismo deseado, si persistimos en sus valores intrínsecos.
Ahí está la historia presente para discernirlo y demostrarlo, ¿podemos mirar y nos encontramos aptos, desde el hoy, para enjuiciar los errores en los que incurrimos, aceptando que muchas veces nos faltó capacidad analítica o la decisión para enfrentar determinados parámetros o estereotipos que a fuerza de repetición se nos iban imponiendo? Ello solo fue posible, para la mayoría de nosotros –actores pasivos o no–, porque lo realizado, o en proceso de construcción, era inmenso y sobrecogedor para la mayoría, lo sabíamos y lo sentíamos justo e incluyente, a pesar de sus errores.
No apostamos a convertirnos en unos saturnos descarriados, porque la experiencia que vivíamos superaba cualquier expectativa y la hacía gigante a nuestros ojos inexpertos. Nos sentíamos parte de ese tejido complejo en que se convierte una revolución que, como la nuestra, conquistó el derecho a expresarse como la voz común de todos y también el que aceptáramos el derecho a exigir una incondicionalidad que, en la actualidad, a pesar de no ser asimilada por las nuevas generaciones, a nosotros nos parecía una especie de fuerza avasalladora, expresión de una ruptura con nuestro devenir histórico, para dejar de ser los herederos infortunados de los excesos y errores cometidos por los encargados de construir una república «Con todos y para el bien de todos»1 y cuyo propósito no se había alcanzado, salvo vestigios que enaltecían a unos pocos.
Ese nuevo país que se levantaba, se había convertido en una utopía alcanzable y por ello la necesidad inclusiva, participativa, sin detenernos mucho a pensar sobre las desviaciones, errores y pérdida de una parte de nosotros, en aras de alcanzar la «obra» proyectada y sin estar preparados para impedir consecuencias catastróficas como realmente ocurrió, muy a nuestro pesar. De pronto, sin advertir y/o aceptar a lo que nos enfrentábamos, soslayando su verdadero nombre, la crisis que alcanzó ribetes totalizadores, comienza el deterioro de nuestro proyecto original.
En el presente, como consecuencia de lo anterior, afrontamos una crisis de autoctonía y de pérdida de valores inimaginables en nuestras conciencias y persiste en muchos la incomprensión de su comportamiento y desenlace. Estamos obligados a mirarnos desde una distancia incapaz de devolvernos lo perdido o a tratar de acercarnos a soluciones veraces desde nuestra autoctonía, sin olvidar tampoco la presión y la barbarie a las que nos han enclaustrado nuestros adversarios y que, lamentablemente, se presentan desdibujados a los ojos de nuestros jóvenes, por haber padecido circunstancias y restricciones no merecidas y que los aleja de la verdad que significa el legado como tributo de muchos.
Sin duda, ante las disyuntivas del presente, y a pesar de que las nuevas generaciones no ven a la anterior como sus referentes de continuidad, tanto para los unos como para los otros, el punto para encontrarnos y «narrar Cuba» debe seguir siendo un sueño joven, pero inclusivo, porque la patria sigue siendo joven en sus esencias, pero de todos. Los compromisos, los enjuiciamientos, las proyecciones y los defectos pertenecen a todos, aun cuando algunos practiquen su exclusión. Forma parte de nuestro entramado social y el que debemos asumir si en verdad queremos rescatar tesoros que sí fueron alcanzables y que a fuerza de errores se sienten como ausentes o perdidos.
Sentir la necesidad de rescatar esos tesoros y otros que puedan llegar a brillar por el valor de las nuevas experiencias sin exclusión, debe ser una premisa para dialogar y actuar con el convencimiento de que solo mediante la justeza de lo social y de modelar o cincelar el futuro con nuevas herramientas podremos enfrentar los nuevos retos y los nuevos tiempos, tan complejos o más que los de nuestra generación. Entenderlos, unirlos y ponerlos en funcionamiento, puede llegar a ser lo más difícil de nuestro compromiso con el país y la nación a la que pertenecemos por derecho propio, sin romanticismo ni falsas utopías. Si algo se ha aprendido de la experiencia histórica de una revolución como la nuestra, es que hemos bebido de una fuente de agua pura que se ha contaminado por nuestros procederes equívocos, pero, y he aquí lo complejo y lo contradictorio a su vez –al menos así la experimentamos–, impregnada de acciones y resultados casi inalcanzables, pero papables en una buena parte de su ejecutoria.
Si logramos aceptar esto último, más allá de resquemores y de reales circunstancias, de hechos fehacientes, como lo son esa gama de jóvenes instruidos y preparados con los que podemos contar para rehacer y enriquecer la obra, estaríamos en el camino de aceptar el todo y acercarnos a la ruta que nos compromete, al decir de Martí, de creer «Aún más en la república de ojos abiertos (…), juntos para ahora y para después, juntos para mientras impere el patriotismo, a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas, (…)».