Noche de los lápices

noche-de-los-lapicesLa historia recuerda siempre los momentos de dolor, son estos muchas veces las señales que nos obligan a revisar el triste pasado, a escudriñar el fugaz presente y a soñar el enigmático futuro.

Cuarenta años atrás, un 16 de septiembre en Argentina, la dictadura militar pro-imperialista concentró el odio propio de quien oprime a un pueblo contra 10 estudiantes secundaristas, protagonizando la llamada “Noche de los lápices”, triste episodio de la época más oscura para la democracia en América Latina.

Las fuerzas represivas de la tiranía secuestraron, torturaron y desaparecieron a un grupo de adolescentes con completa impunidad, bajo el delito de militar, de sentirse parte de una generación que, asfixiada por el robo de la libertad y de los avances sociales en su país, había decidido pensar diferente y enfrentar el régimen.

Hoy, en medio de tiempos difíciles, cuando la derecha reaccionaria apoyada por los grandes medios de prensa y por el poder hegemónico del imperialismo yanqui se dispone a desarticular la integración latinoamericana y a frenar los avances sociales de varios gobiernos de la región utilizando: el linchamiento mediático, esquemas de golpe suave, guerras económicas y la intimidación y criminalización de los movimientos sociales, debemos recordar ese triste pasado que se ha vivido en América Latina, plagado de sangre y lágrimas que aún no terminamos de llorar.

Ante los nuevos desafíos, el movimiento estudiantil debe cohesionar todas sus fuerzas en la región para seguir en la lucha por una educación pública, gratuita y de calidad, para seguir defendiendo los intereses de nuestros pueblos. No podemos retroceder a las épocas sangrientas de las dictaduras, si nos unimos, si luchamos juntos, si soñamos juntos: nuestros lápices seguirán escribiendo.

FEU de Cuba

Para los médicos, pero más, para los revolucionarios

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El taller que convocó a un grupo de jóvenes latinoamericanos a discutir desde La Habana, los retos que como generación asumen hoy, incluyó la lectura de algunos fragmentos de libros, muchos publicados por la editorial Ocean Sur. Uno de los que más aceptación tuvo fue un discurso, no tan conocido, de Ernesto Guevara. Hoy queremos compartir con ustedes algunos fragmentos de esa intervención que realizara el Che el 20 de agosto de 1960 en la inauguración de una serie de charlas y discusiones políticas organizadas por el Ministerio de Salud Pública. Aparece publicado íntegramente en Lecturas para la reflexión (Tomo I) La Revolución Cubana: años fundacionales. También se puede consultar en la antología Che Guevara Presente bajo el título «Discurso a los estudiantes de medicina y trabajadores de la salud».

El médico revolucionario

Ernesto Che Guevara

Este acto sencillo, uno más entre los centenares de actos con que el pueblo cubano festeja día a día su libertad y el avance de todas sus leyes revolucionarias, el avance por el camino de la independencia total, es, sin embargo, interesante para mí.

Casi todo el mundo sabe que inicié mi carrera como médico, hace ya algunos años. Y cuando me inicié como médico, cuando empecé a estudiar Medicina, la mayoría de los conceptos que hoy tengo como revolucionario estaban ausentes en el almacén de mis ideales.

Quería triunfar, como quiere triunfar todo el mundo; soñaba con ser un investigador famoso, soñaba con trabajar infatigablemente para conseguir algo que podía estar, en definitiva, puesto a disposición de la humanidad, pero que en aquel momento era un triunfo personal. Era, como todos somos, un hijo del medio.

Después de recibido, por circunstancias especiales y quizás también por mi carácter, empecé a viajar por América y la conocí entera. Salvo Haití y Santo Domingo, todos los demás países de América han sido, en alguna manera, visitados por mí. Y por las condiciones en que viajé, primero como estudiante y después como médico, empecé a entrar en estrecho contacto con la miseria, con el hambre, con las enfermedades, con la incapacidad de curar a un hijo por la falta de medios, con el embrutecimiento que provocan el hambre y el castigo continuo, hasta hacer que para un padre perder a un hijo sea un accidente sin importancia, como sucede muchas veces en las clases golpeadas de nuestra patria americana. Y empecé a ver que había cosas que, en aquel momento, me parecieron casi tan importantes como ser un investigador famoso o como hacer algún aporte sustancial a la ciencia médica: y era ayudar a esa gente.

Pero yo seguía siendo, como siempre lo seguimos siendo todos, hijo del medio, y quería ayudar a esa gente con mi esfuerzo personal. Ya había viajado mucho —estaba, en aquellos momentos, en Guatemala, la Guatemala de Árbenz— y había empezado a hacer unas notas para normar la conducta del médico revolucionario. Empezaba a investigar qué cosa era lo que se necesitaba para ser un médico revolucionario.

Sin embargo, vino la agresión, la agresión que desataran la United Fruit Company, el Departamento de Estado, Foster Dulles —en realidad es lo mismo—, y el títere que habían puesto, que se llamaba Castillo Armas —¡se llamaba! La agresión tuvo éxito, dado que aquel pueblo todavía no había alcanzado el grado de madurez que tiene hoy el pueblo cubano, y un buen día, como tantos, tomé el camino del exilio, o por lo menos tomé el camino de la fuga de Guatemala, ya que no era esa mi patria.

Entonces me di cuenta de una cosa fundamental: para ser médico revolucionario o para ser revolucionario, lo primero que hay que tener es revolución. De nada sirve el esfuerzo aislado, el esfuerzo individual, la pureza de ideales, el afán de sacrificar toda una vida al más noble de los ideales, si ese esfuerzo se hace solo, solitario en algún rincón de América, luchando contra los gobiernos adversos y las condiciones sociales que no permiten avanzar. Para hacer revolución se necesita esto que hay en Cuba: que todo un pueblo se movilice y que aprenda, con el uso de las armas y el ejercicio de la unidad combatiente, lo que vale un arma y lo que vale la unidad del pueblo.

Y entonces ya estamos situados, sí, en el núcleo del problema que hoy tenemos por delante. Ya entonces tenemos el derecho y hasta el deber de ser, por sobre todas las cosas, un médico revolucionario, es decir, un hombre que utiliza los conocimientos técnicos de su profesión al servicio de la Revolución y del pueblo. Y entonces se vuelven a plantear los interrogantes anteriores. ¿Cómo hacer, efectivamente, un trabajo de bienestar social, cómo hacer para compaginar el esfuerzo individual con las necesidades de la sociedad?

(…)

El individualismo como tal, como acción única de una persona colocada sola en un medio social, debe desaparecer en Cuba. El individualismo debe ser, en el día de mañana, el aprovechamiento cabal de todo el individuo en beneficio absoluto de una colectividad. Pero aun cuando esto se entienda hoy, aun cuando se comprendan estas cosas que estoy diciendo, y aun cuando todo el mundo esté dispuesto a pensar un poco en el presente, en el pasado y en lo que debe ser el futuro, para cambiar de manera de pensar hay que sufrir profundos cambios interiores, y asistir a profundos cambios exteriores, sobre todo sociales.

(…)

046-01Hace mucho que la mayoría del pueblo entendió que aquí no solamente había caído un dictador, sino entendió, también, que había caído un sistema. Viene entonces, ahora, la parte en que el pueblo debe aprender que sobre las ruinas de un sistema desmoronado, hay que construir el nuevo sistema que haga la felicidad absoluta del pueblo.

Si no, todos los sabemos, hemos llegado definitivamente al convencimiento de que hay un enemigo común. Nadie mira para un costado, para ver si hay alguien que lo pueda oír, algún otro, algún escucha de embajada que pueda transmitir su opinión antes de emitir claramente una opinión contra los monopolios, antes de decir claramente: «Nuestro enemigo, y el enemigo de América entera, es el gobierno monopolista de los Estados Unidos de América». Si ya todo el mundo sabe que ese es el enemigo y ya empieza por saberse que quien lucha contra ese enemigo tiene algo de común con nosotros, viene entonces la segunda parte. Para aquí, para Cuba, ¿Cuáles son nuestras metas? ¿Qué es lo que queremos? ¿Queremos o no queremos la felicidad del pueblo? ¿Luchamos o no por la liberación económica absoluta de Cuba? ¿Luchamos o no, por ser un país libre entre los libres, sin pertenecer a ningún bloque guerrero, sin tener que consultar ante ninguna Embajada de ningún grande de la tierra cualquier medida interna o externa que se vaya a tomar aquí? Si pensamos redistribuir la riqueza del que tiene demasiado para darle al que no tiene nada; si pensamos aquí hacer del trabajo creador una fuente dinámica, cotidiana, de todas nuestras alegrías, entonces ya tenemos metas a qué referirnos. Y todo el que tenga esas mismas metas es nuestro amigo. Si en el medio tiene otros conceptos, si pertenece a una u otra organización, esas son discusiones menores.

En los momentos de grandes peligros, en los momentos de grandes tensiones y de grandes creaciones, lo que cuenta son los grandes enemigos y las grandes metas. Si ya estamos de acuerdo, si ya todos sabemos hacia dónde vamos, y pese a aquel a quien le va a pesar, entonces tenemos que iniciar nuestro trabajo.

Y yo les decía que hay que empezar, para ser revolucionarios, por tener revolución. Ya la tenemos. Y hay que conocer también al pueblo sobre el cual se va a trabajar. Creo que todavía no nos conocemos bien, creo que en ese camino nos falta todavía andar un rato.

Y debo advertir entonces que el médico, en esa función de miliciano revolucionario, debe ser siempre un médico. No se debe cometer el error que cometimos nosotros en la Sierra. O quizá no fuera error, pero lo saben todos los compañeros médicos de aquella época: nos parecía un deshonor estar al pie de un herido o de un enfermo, y buscábamos cualquier forma posible de agarrar un fusil e ir a demostrar, en el frente de lucha, lo que uno debía hacer.

Ahora las condiciones son diferentes, y los nuevos ejércitos que se formen para defender al país deben ser ejércitos con una técnica distinta, y el médico tendrá su importancia enorme dentro de esa técnica del nuevo ejército; debe seguir siendo médico, que es una de las tareas más bellas que hay, y más importantes en la guerra. Y no solamente el médico, sino también los enfermeros, los laboratoristas, todos los que se dediquen a esta profesión tan humana.

Pero debemos todos, aun sabiendo que el peligro está latente, y aun preparándonos para repeler la agresión, que todavía existe en el ambiente, debemos dejar de pensar en ello, porque si hacemos centro de nuestros afanes el prepararnos para la guerra, no podremos construir lo que queremos, no podremos dedicarnos al trabajo creador. Todo trabajo, todo capital que se invierta en prepararse para una acción guerrera, es trabajo perdido, es dinero perdido. Desgraciadamente hay que hacerlo, porque hay otros que se preparan, pero es —y lo digo con toda mi honestidad y mi orgullo de soldado—, que el dinero que con más tristeza veo irse de las arcas del Banco Nacional es el que va a pagar algún arma de destrucción.

Si logramos nosotros, trabajadores de la medicina —y permítaseme que use de nuevo un título que hacía tiempo había olvidado—, si usamos todos esta nueva arma de solidaridad, si conocemos las metas, conocemos el enemigo, y si conocemos el rumbo por donde tenemos que caminar, nos falta solamente conocer la parte diaria del camino a realizar. Y esa parte no se la puede enseñar nadie, esa parte es el camino propio de cada individuo, es lo que todos los días hará, lo que recogerá en su experiencia individual y lo que dará de sí en el ejercicio de su profesión, dedicado al bienestar del pueblo.

Si ya tenemos todos los elementos para marchar hacia el futuro, recordemos aquella frase de Martí, que en este momento yo no estoy practicando, pero que hay que practicar constantemente: «La mejor manera de decir es hacer», y marchemos entonces hacia el futuro de Cuba.

Murió once meses después del bombardeo

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José Rafael Varona nació en Puerto Rico, el 6 de septiembre de 1946. Se inició en la lucha política cuando estudiaba en la escuela secundaria «Juan José Osuna» en San Juan, donde fundó, junto a varios compañeros de estudios, un capítulo de la Federación Estudiantil Pro Independencia (FEPI).[1]

Fefel, como se le conocía cariñosamente, sentía gran admiración por los héroes del nacionalismo puertorriqueño. Los firmes ideales antimperialistas de Pedro Albizu Campos y el ejemplo de los presos nacionalistas puertorriqueños, influyeron mucho en su formación.

En 1964 ingresó a la facultad de Ciencias Sociales. Allí fue parte de la Federación Universitaria Pro Independencia de Puerto Rico (FUPI). Fue uno de los dirigentes estudiantiles más destacados durante las intensas luchas que estremecieron la universidad en los años sesenta. La FUPI se manifestaba a favor de la reforma y democratización de la enseñanza, la defensa de los derechos estudiantiles y en contra de la presencia en las universidades del Cuerpo de Entrenamiento para Oficiales de la Reserva (ROTC), institución del ejército de Estados Unidos dedicada al reclutamiento y entrenamiento de estudiantes universitarios para que luego integraran las filas del ejército.

Fue redactor del periódico Patria, vocero informativo de la organización, y secretario de relaciones internacionales. Participó en el IV Congreso Latinoamericano de estudiantes, designado como representante de la FUPI en la recién creada OCLAE.

El 8 de marzo de 1967 partió desde La Habana como parte de una delegación de la OCLAE, para participar en la reunión del comité ejecutivo de la Unión Internacional de Estudiantes (UIE), en Praga, y en el IX Congreso de esa organización, celebrado en Ulan Bator, Mongolia.

De ahí se dirigió rumbo a Hanoi, invitado por la Unión Nacional de Estudiantes de Vietman (UNEV), en los difíciles momentos en que ese país era blanco de criminales e intensos bombardeos por parte de la aviación norteamericana.

La delegación arribó a Hanoi el 10 de abril. Allí fueron recibidos por el presidente de la UNEV y otros dirigentes de esa organización, entre ellos, Nguyen An Hao, quien se les uniría como guía y traductor. An Hao había estudiado en Cuba y se mostraba muy interesado en conocer la problemática latinoamericana, sentía un gran cariño hacia la Revolución Cubana.

José Rafael visitó escuelas, universidades, centros de producciones industriales y agrícolas y sostuvo encuentros de producción fraternales con los estudiantes y los jóvenes en las Brigadas de Choque en las Fuerzas Armadas, en las fábricas y en el campo.

El 18 de abril, mientras se dirigía a visitar una escuela preuniversitaria en la provincia de Tahn Hoa, a unos 30 kilómetros, la delegación fue víctima de un salvaje ataque aéreo. Fueron atacados reiteradamente por dos aviones yanquis. En los alrededores no existía ningún objetivo militar, solo una pequeña aldea a unos 50 metros con no más de una docena de casas. Como resultado de la agresión, perdió el brazo un estudiante dominicano, murió instantáneamente Nguyen An Hao y fue herido de muerte José Rafael Varona.

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Poco tiempo después el estudiante dominicano relató lo siguiente:

Íbamos a visitar esa mañana un preuniversitario, y una delegación de ese centro, formada por dos compañeros, llegó a donde nos encontrábamos para acompañarnos en el viaje. Salimos aproximadamente a las nueve de la mañana en un jeep. Bastante alegres, los compañeros insistían en que les cantáramos, y en el trayecto cantamos y le recitamos poemas que el eficiente compañero Nguyen An Hao traducía simultáneamente.

Habían transcurrido treinta minutos aproximadamente. Transitábamos durante todo ese tiempo a través de una zona bastante clara cuando sentimos el ruido de motores, enseguida nos percatamos de que se trataba de aviones muy veloces, el ruido se acercaba en forma increíblemente rápida. El chofer paró en seco el vehículo. Nos desmontamos los nueve que viajábamos en el jeep; es decir, los tres estudiantes vietnamitas que fueron a recibirnos, nuestra delegación latinoamericana, el compañero An Hao, un dirigente de la juventud de la provincia de Than Hoa y el chofer. Al salir del carro vimos que en ese momento dos aviones del tipo Phantom cruzaban por sobre nuestras cabezas. Por instinto todos echamos a correr hacia la banda derecha, hacia un arrozal poco crecido y completamente encharcado; íbamos corriendo y veíamos que los aviones empezaron a girar; el ataque era inevitable. Los aviones venían en picada a gran velocidad, solo se distinguía un punto central y dos líneas plegadas y un ruido que nos hacía recordar las películas de guerra que habíamos visto cuando éramos muchachos… Solo vi cuatro destellos que se habían despegado de las alas de un avión. No podía precisar con exactitud de qué se trataba.

El puertorriqueño y yo caímos juntos y juntos fuimos bañados por el fango y la hierba que nos cubría la cabeza con el primer impacto, que había caído muy cerca, levantando verdaderamente columnas de fango rellenos de metralla. Inmediatamente otro de los aviones disparó una ráfaga de muerte, picando también a 15 o 20 metros de donde nos encontrábamos.

Empezamos a avanzar arrastrándonos por sobre el fango. Lo que sentía y lo que pensaba era indescriptible.

Cuando uno ve la muerte tan cerca y además sube la indignación porque se ve atacado a mansalva, sin nada con que defenderse, sin haber objetivos militares ni cercanos ni lejanos ni siquiera unidades de milicias que tal vez no le hubieran permitido el lujo de volar en rasante como lo hicieron a sabiendas de que atacaban a un grupo de civiles. A mi mente acudieron los sucesos del Puente Duarte, en 1965, cuando la aviación de Wessin ametralló en forma indiscriminada la cuidad de Santo Domingo.

Seguíamos avanzando con dificultad por sobre el fango, viendo como los aviones se colocaban de nuevo en posición de ataque. Sentíamos otra descarga y de inmediato otra más…la última.

Al levantar la cabeza vi mi brazo y no sabía realmente si era mi brazo derecho u otra cosa. Solamente veía carne desgarrada y un hueso salido como lanza; fango y hierba que abandonaban sus colores de origen para enrojarse por la sangre que corría libremente en todas direcciones. Al incorporarme sentí un fuerte dolor, y más fuerte que mi dolor fue la impresión de ver boca arriba, ojos volteados, con un hoyo manando sangre al lado derecho de la cabeza, a José Varona, compañero en el precipitado viaje a rastras por el arrozal; mi primer pensamiento fue que «FUPI» estaba muerto. A su lado yacía el compañero An Hao, en idéntica posición, mirando al cielo en medio de un charco de sangre. Su cuerpo se tornaba cadáver ante mis ojos. No había en él aliento de vida.

Desde el mismo momento de la agresión, se dedicaron para la atención de Fefel todos los recursos disponibles. Fue conducido a un hospital en la provincia Than Hoa, y enviaron desde Hanoi al equipo y personal científico que lo atendería constantemente.

La primera operación permitió limpiar la gravísima herida causada en la parte superior de la cabeza por la metralla yanqui y controlar la hemorragia. Los alrededores del hospital —pese a estar evacuada la cuidad de Than Hoa— eran bombardeados, lo que obligó a trasladar al herido hacia una pequeña aldea de las proximidades, donde se le practicarían la segunda y tercera cirugías. La cuarta fue la más importante y culminaba con éxito. A las cuatro horas de estarse desarrollándola operación, comenzó un ataque de la aviación norteamericana a la aldea que lanzó al personal médico por el suelo. Instantes después continuaron con la intervención quirúrgica. Al terminarse la operación sobrevino un nuevo ataque. Hubo que trasladarlo a una trinchera abierta en una zanja, donde contaba con una capa de tierra como protección. Allí permanecerían durante seis días, periodo de tiempo durante el cual los médicos y enfermeras abanicaban a Fefel y le aplicaban compresas de agua para refrescar su cuerpo, para mitigar las altísimas temperaturas.

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Trasladado finalmente a Hanoi, se confirmó que la infección de la herida se había generalizado a todo el cerebro, como consecuencia de la permanencia en la trinchera. Se decidió que fuera trasladado con urgencia fuera del país, donde no existían los riesgos que también correría en Hanoi.

El 25 de mayo llegó a Moscú, procedente de Hanoi, el avión con el estudiante puertorriqueño gravemente herido. Destacados especialistas soviéticos se hicieron cargo desde ese momento del camarada Fefel, logrando mantener despierto en él un débil hálito de vida a pesar de que la herida cubría la cuarta parte de la cabeza. Durante los once meses y seis días transcurridos entre la agresión y el momento de su muerte, permaneció inconsciente. Nunca sabremos qué buscaban sus ojos inquietos con tanta ansiedad por las paredes de la habitación del hospital, ni qué pretendía decir cuando sus labios se crispaban como si fuera a hablar.

Sobre el suelo del Vietnam en lucha, la sangre de estudiantes latinoamericanos derramada por las acciones criminales de los imperialistas se mezcló con la de sus amigos vietnamitas.

Poco antes de morir, a su casa en Puerto Rico llegó una irónica carta donde se le exigía presentarse para ser enrolado en las filas de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, las mismas fuerzas imperialistas que segaron su joven vida.

El 24 de marzo de 1968 falleció Varona en Moscú, a los 21 años de edad. Decenas de declaraciones se emitieron en distintas partes del mundo, condenando aquel crimen, especialmente en Vietnam, la Unión Soviética, Cuba y Puerto Rico.

Al conocerse en La Habana la noticia, el secretariado permanente de la OCLAE, emitió inmediatamente una declaración:

Ahora la juventud universitaria latinoamericana tiene un nuevo nombre a sumar a la larga lista de sus héroes y mártires, y el imperialismo yanqui un nuevo crimen que agregar, a la sarta interminable de sus atrocidades. Con la muerte de Varona, la juventud latinoamericana aporta su cuota de sangre a la gran batalla que el heroico pueblo vietnamita libra, día a día, contra el agresor norteamericano y sus títeres. La sangre de la juventud de este continente se une así, sobre el mismo suelo, a los inmortales combatientes de ese país del sudeste asiático, simbolizando la profunda unidad de nuestros pueblos en la causa de la liberación de la humanidad del yugo opresor del imperialismo.

En la misma declaración se hizo un llamado a las organizaciones estudiantiles miembros de la OCLAE y a toda su juventud universitaria de nuestra América y del mundo a «rendir tributo de recordación al inolvidable compañero José Varona, mártir genuino del estudiantado latinoamericano caído en el cumplimiento de su deber internacionalista así como el compañero Nguyen».

Años más tarde, por acuerdo unánime del Sexto Congreso Latinoamericano de Estudiantes (VI CLAE), se instituyó la Orden «José Rafael Varona», como el máximo galardón que otorga la OCLAE a «personalidades y organizaciones en reconocimiento a sus relevantes méritos en la lucha general de los pueblos contra el imperialismo y sus secuelas de dominación y opresión, y por su plena liberación e independencia nacionales».

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 [1]Fundada en 1962, es una organización que trabajaba por la integración de los estudiantes de escuelas secundarias a la lucha por la independencia de Puerto Rico y por el desarrollo del movimiento estudiantil de ese nivel.

Nota: Este texto forma parte del próximo libro del proyecto editorial Juventudes en Cuba de la editorial Ocean Sur.

Siete retos para los jóvenes de América Latina

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Por Fernando Martínez Heredia

El tema que me han pedido desarrollar me parece muy procedente, porque junto al conocimiento y la confraternidad entre los participantes, las acciones de solidaridad y demás actividades, estos Festivales son también espacios donde se examinan y debaten cuestiones fundamentales para los jóvenes que trabajan por la creación de un mundo de justicia y libertad para todos.

Quisiera exponer siete desafíos que a mi juicio deben enfrentar los jóvenes de América Latina y el Caribe. Sin dudas hay más retos, y la formulación general no puede tener en cuenta los ámbitos específicos que condicionan la identificación de las realidades, los modos de comprender y sentir, las contradicciones y los conflictos que se enfrentan, los objetivos e instrumentos que se privilegian. Además, seré sintético, como corresponde al tiempo disponible.

Primer reto. Los jóvenes tienen características generales en cuanto tales que no debemos olvidar nunca; ellas siempre son importantes, y pueden llegar a ser decisivas. Pero no existen los jóvenes en general. El primer reto parte de la realidad de que una gran parte de los jóvenes de nuestro continente se enfrentan todos los días al desafío de sobrevivir y encontrar un lugar en el mundo. Padecen hambre o carecen de alimentación suficiente, de servicios de educación y de salud, de empleo, y viven en familias precarias. Saben del trabajo infantil, de la delincuencia de los pobres, la prostitución y el consumo de drogas baratas. Esos jóvenes no están aquí, no conocen lo que hacemos ni nuestros escritos —muchos no podrían leerlos—, ni es probable que les interesen. No suelen votar, porque no sienten suya la política que existe en sus países. Por consiguiente, muchos pueden ser acarreados precisamente por los culpables de la vida que llevan, si les resuelven algunas de sus necesidades perentorias.

El primer reto ante nosotros es romper esa terrible división, que es una de las fuerzas mayores de los enemigos de la Humanidad. Debemos ir a ellos, conocerlos realmente en vez de creer que los representamos, acompañarlos en sus vidas y sus afanes, con el fin de ayudarlos a ser rebeldes y pelear por ideales, ganarnos el derecho a conducirlos en el prolongado y difícil proceso de cambiar sus vidas y las sociedades de explotación, desigualdades, exclusión y opresiones.

Segundo reto. Lograr combinar las tareas y las satisfacciones personales —el amor, el trabajo, el estudio, las inclinaciones particulares— con intereses cívicos, con la necesidad de conocer el mundo en que vivimos y sus problemas. Darles lugar en nosotros a ideales que hacen crecer las dimensiones humanas y brindan una riqueza personal que trasciende, y lograr gobernar la esfera de los egoísmos. Ir más allá de las reacciones esporádicas ante incidentes y los entusiasmos efímeros.

Tercer reto. Tomar conciencia de las claves fundamentales del sistema capitalista y la manera de vivir que genera, difunde y mantiene. Conocer sus hechos, sus instrumentos, su criminalidad despiadada, su conversión de los individuos en agresores entre sí y en indiferentes ante las desgracias ajenas. Conocer las funciones sociales de dominación que cumplen los atractivos que en realidad posee el capitalismo, y que ese sistema constituye un complejo orgánico, lo cual permitirá situarse mejor ante sus manifestaciones. Salir del control que ejerce su sistema de información, formación de opinión pública, entretenimiento y gustos. Pensar las contradicciones y los conflictos, y buscar sus causas. Pero no basta con conocer: en realidad los sentimientos que concentran energías y fomentan motivaciones, y que desatan actitudes y actuaciones, son tan importantes como las ideas y los conocimientos.

Cuarto reto. Vivir la conciencia que se está adquiriendo como un conjunto de ideales, convicciones e ideas que llevan a la actuación. Reunir las capacidades personales, la necesidad de participar en causas justas, los deseos de goces y satisfacciones, los impulsos de rebeldía, los conocimientos que se adquieren, para integrar con el conjunto a una joven o un joven consciente y rebelde.

Quinto reto. Darles permanencia a esas transformaciones conquistadas y convertirlas en guía de los juicios y motor de la actividad, tanto de la vida cotidiana como de las jornadas trascendentes. Es decir, aprender a luchar y a ser militante revolucionario.

 

Sexto reto. Poner una gran parte de sus esfuerzos, capacidades y sentimientos dentro del cauce de un colectivo, lo que implica ceder una parte del albedrío y de la libertad del individuo, al mismo tiempo que puede crear un instrumento organizativo que multiplique las fuerzas y las cualidades de cada uno y las posibilidades de victoria. Las organizaciones revolucionarias no son una panacea: sus realidades y su historia lo muestran claramente. Por eso, precisamente, no temer a entrar en ellas constituye un reto para los jóvenes revolucionarios, y aún mayor es el reto de no estar dentro de ellas para perder cualidades y asumir rituales vacíos, sino para contribuir a transformarlas en nuevas organizaciones capaces de ser realmente revolucionarias. El desafío está en comprender que la organización y la política son indispensables, y a partir de esa comprensión y la actuación consecuente inventar nuevas formas revolucionarias eficaces de hacer política.

Séptimo reto. Practicar la solidaridad como ley primera de los intercambios humanos y las relaciones sociales. Al actuar y pensar en política, el contenido concreto del medio en que cada uno viva y se mueva serán determinantes, y por consiguiente debe ser priorizado. Pero no podemos olvidar en ningún momento las cuestiones más generales, sus características y sus implicaciones, y los condicionamientos que pone a nuestra acción: tener en cuenta el movimiento en su conjunto. El capitalismo ha logrado universalizarse y universalizar su cultura, y esgrime con gran fuerza esos logros contra la humanidad y el planeta. Pero nos ha enseñado, primero, que podíamos tener dimensiones universales para enfrentarlo, y después, que solo universalizando nuestros combates contra él y por la creación de sociedades libres y justas seremos capaces de hacer permanentes nuestros logros y llegar, entre todos, a vencerlo.

Ser internacionalista es triunfar sobre un desafío vital. El colonialismo ha sido el modo criminal y devastador de mundializarnos del capitalismo, la liberación nacional antimperialista es la ley de la creación de nuevos seres humanos y de sociedades libres. La unión del patriotismo y el internacionalismo es el camino seguro para que ese proceso de creaciones no pueda ser detenido ni derrotado. Es forjar la dimensión que nos une a través y por encima de todas las diferencias y todas las fronteras.

 

Termino invocando a un individuo cuyo nombre y rostro son como un esperanto para nuestras lenguas y un denominador común para nuestros ideales, porque logró triunfar sobre todos los retos, ascender al escalón más alto de la especie humana y dejarnos a todos un legado invaluable de ejemplos, acciones y pensamiento. Ernesto –que poseía una belleza física y una inteligencia ostensibles– quiso ser profesional, como le era posible a un joven de su medio social, pero al mismo tiempo darse a los más desvalidos y curar leprosos en Perú o en África. Leyó novelas desde niño y filosofía y tratados políticos desde adolescente, albergó el deseo de conocer París, pero caminó a lo largo de su continente para conocer a los pueblos oprimidos y acendró una vocación de entregarse a ellos. Encontró una noche su destino con Fidel y la guerra cubana y supo tomar la decisión más importante antes de que amaneciera. Dio un prodigioso salto hacia delante mediante la práctica revolucionaria consciente y organizada, avance tan grande que hasta le cambiaron su nombre. El Che fue uno de los más grandes y amados dirigentes de la Revolución cubana, pero supo dejar sus cargos y volver al combate internacionalista, hasta dar su vida como comandante cubano y latinoamericano.

Recordemos su grandeza de revolucionario y su tranquilo optimismo cuando, a la hora de otra decisión trascendental de su vida, le escribió a Fidel, nos escribió a todos: hasta la victoria siempre.

Un café, una idea, un proyecto editorial

Wilfredo Mederos, entrevistado en Narrar Cuba.

Wilfredo Mederos, entrevistado en Narrar Cuba. Sueño joven de un país.

Por Rodolfo Romero Reyes

—Las nuevas relaciones entre Cuba y los Estados Unidos van a traer mucho turismo a la Isla. Miles de personas visitarán La Habana deseosos de conocer su historia—, dijo él.

—Seguramente vienen buscando libros del Che Guevara, de Fidel Castro, de la historia de Cuba—, comentó Yohana.

—Y también libros que den cuenta de lo que pensamos los jóvenes—, agregué.

—Por eso mismo los hemos llamado a ustedes. Queremos que escriban un libro que cuente lo que piensan los jóvenes de aquí. ¿Cómo ven los cambios? ¿El futuro? ¿El socialismo?

—Todo eso no cabe en un libro, harían falta muchos— explicó ella.

—Empecemos por uno. Quizás después vendrán otros. Podemos hacer una colección escrita por jóvenes y para ellos—, dijo él.

—Sería un reto para nosotros, que aun no cumpliemos los 30, narrar parte de la cotidianidad de nuestra generación. ¿Qué piensa el jóven que, sentado en una acerca, analiza el futuro inmediato de Cuba? Tendríamos que visitar varias provincias, escuchar otras voces… —, él no me dejó terminar.

—Aprobado. ¿Cuándo comienzan el primer libro?

—Mañana mismo— dijo ella—, y sí, será el primero de una colección: «Juventudes en Cuba». ¿Les parece?

—Sí, mañana mismo empezamos a «narrar Cuba»—, dije y me puse de pie.

El hombre, sin terminar su café, nos deseó mucha suerte.