El chico con hacha de piedra y el tema de la unidad

02 (2)Por Ana María Cabrera Marsden y Rodolfo Romero Reyes

Le sorprendió mucho el hacha de piedra con la forma de la bandera cubana. La miraba de arriba a abajo; la tomaba en sus manos mientras hablaba con el grupo. Fernando José Rodríguez vive en Cuba. Es argentino y tiene 34 años. Enamorado de la nación caribeña, trabaja en La Habana en el Taller de Transformación Integral de Alamar. Viene del movimiento Patria Grande y es docente en comunicación. Hace unos meses participó de un debate en el que varios jóvenes pusieron a dialogar sus experiencias con un texto de Fernando Martínez Heredia. El debate íntegro de este taller lo publicará Ocean Sur como parte de su Proyecto Editorial Juventudes en Cuba. Por el momento, les adelantamos algunas de las ideas que, como parte del taller, expuso Fernando.

Uno establece prioridades en relación a determinadas problemáticas. Uno de los retos que tenemos hoy es poder generar estrategias o propuestas que tiendan a romper el aislamiento.

Me gustaría ilustrar con el ejemplo,con Macri en Argentina, donde las personas realmente querían que algo cambiara y la falta de información y de formación política terminó generando lo que ya sabemos que ocurrió.

En ese contexto, desde hace unos años, hay organizaciones que han venido planteando el tema de la unidad. Sería muy largo explicar, por ejemplo, qué ocurre con la izquierda en Argentina, que ha vivido procesos de represión, de desaparición, después de fragmentación y —con las democracias— de coaptación o ruptura. El año pasado, se llegó a unas elecciones en las que el candidato del kirchnerismo venía del melenismo, que es en realidad del neoliberalismo, pero es menos de derecha que Macri. En ese proceso se evidenció la falta de unidad.

Patria Grande, mi movimiento, llamó a votar a Scioli en las elecciones y no por coincidencia ideológica, sino como estrategia para que no ganara el adversario. La situación se puso un poco complicada, porque cómo vas a llamar a votar a un candidato que tienes catalogado de derecha, solo para que no asuma uno peor. En cambio, otros movimientos llamaron a votar en blanco, a no votar. ¿Cómo entonces, en medio de ese contexto, se genera unidad? Uno mira lo que pasa en Venezuela, como se libra una batalla interna y a la vez se intenta generar unidad hacia afuera, y nos damos cuenta de que es complicadísimo.

En Argentina parte de la izquierda llamó a votar en blanco, varias organizaciones se plegaron a esa propuesta y Macri ganó por 800 mil votos cuando las organizaciones de izquierda podían capitalizar y movilizar un millón y medio. La responsabilidad recae sobre la fragmentación de la intelectualidad, los movimientos populares y en cómo el kirchnerismo llevó hasta último momento la construcción de su candidato. Con este escenario, ¿cómo generar unidad en los pequeños espacios sin incurrir en sectarismo? ¿Hasta dónde uno puede hacer concesiones a su ideología, sus valores, con vistas a salir hacia adelante?

Por eso Cuba es un ejemplo, no solo de unidad interna, sino de unidad hacia otras fronteras. La humanidad es una, y como dijo el poeta, periodista y revolucionario, en definitiva, esa es nuestra Patria. Nadie es mejor o peor en función de su nacionalidad, no hay pueblos o naciones predestinadas a ser mejores o peores que otras. La vida de las personas vale lo mismo. El Che lo decía claro también: sentir cualquier injusticia, en cualquier parte, como propia. Ese es el primer impulso esencial de la solidaridad entre los pueblos.

Cuba es el más alto ejemplo, en cada circunstancia, de lo que puede hacer un pueblo digno para tender su mano a quienes lo necesitan.

Pero además de ese impulso esencial, básico, que nos mueve a querer que las cosas sean diferentes para nosotros y para el mundo, no hay posibilidades de salvación individual o de liberación efectiva, si la mayoría de los pueblos se encuentran desorganizados, fragmentados y dominados.

Las posibilidades de derrotar esta ofensiva imperial que vivimos ahora, por ejemplo, se fundan en la unidad de nuestros pueblos. Como también pasó en América del Sur hace doscientos años: sin un proyecto continental no hubiera sido posible la liberación de lo que luego fue Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela. Ese proyecto quedó trunco por la acción de las oligarquías y nacientes burguesías locales, que se asociaron al imperialismo en contra del proyecto popular liderado por Bolívar. Nos toca a nosotros y a nosotras, en esta nueva etapa, construir la segunda y definitiva independencia a partir de la unidad y la organización de nuestros pueblos.

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