Las palabras de la profe María del Carmen

Narrar Cuba Entrevistados

Por María del Carmen Ariet

¡Se dice cubano, y una dulzura como de suave hermandad
se esparce por nuestras entrañas, (…)!
José Martí

Para los jóvenes de estos y todos los tiempos, escribía Martí, o quizás adelantaba, su visión de unidad, cuando enfatizaba el valor de la «opinión franca y libre por sobre todas las cosas». Segura estoy que muchos de los testimoniantes que aparecen en este libro, no se han detenido en la lectura detallada del pensamiento martiano, no por falta de interés o de vocación, sino porque a algunos yerros de la educación que han recibido, se suman, entre otros, la carencia de ideas y el abuso de consignas banales y repetitivas hasta el cansancio, provocadoras de un hastío que los ha alejado de lo más auténtico y puro del alma del cubano.
La pregunta que se pudieran hacer es, después de tantos avatares, ¿por qué acudir y aludir a Martí en el presente y cuál pudiera ser su tributo? ¿O es que acaso refleja la argucia de un miembro de la generación que, según los protagonistas del libro, fue la que recibió el bastón del relevo y, una vez más, se recurre a Martí para tender el puente que nos proporcione aliento y bien actuar?
Quizás pudiera verse de ese modo, sin embargo, desde lo más profundo de nuestros espíritus, colocados ante la historia que nos tocó vivir, como hacedores de lo bueno y de lo malo, pero desde lo mejor de nosotros mismos, sentimos que podemos identificarnos con afirmaciones, reflexiones, e incluso, desde el hipercriticismo que, al decir de algunos padecimos frente a una obra que era de todos y de la cual nos sentíamos protagonistas principales. En verdad, ante la magnitud de tamaña empresa, ¿lo fuimos?
La combinación, empatía, similitud de inquietudes y análisis sobre nuestro entorno social sería el punto de partida para adentrarnos en muchas de las interrogantes y experiencias que narran nuestros jóvenes y que forman parte de una cotidianidad que, en ocasiones, la hemos alejado del diálogo a sostener entre todos y en su total dimensión. Sin duda, estamos obligados a pensar en nuestro proyecto de país con una motivación mayor hacia el futuro, pues lo contrario sería aceptar que no somos capaces de reconstruirlo, desde el deber y el derecho que nos asiste a opinar y a participar de los cambios necesarios que se deben realizar.
Si nosotros fuimos, como se afirma, los llamados continuadores y también los repetidores de algunas circunstancias valoradas o impuestas desde un modelo copiado y devaluado en su propio devenir, es decir, de un socialismo mal llamado «real» que aceptamos como un lastre; no hay duda que estamos obligados, con soluciones posibles, a la unidad e integración de lo individual y lo social para pensar como país e instrumentar el socialismo deseado, si persistimos en sus valores intrínsecos.
Ahí está la historia presente para discernirlo y demostrarlo, ¿podemos mirar y nos encontramos aptos, desde el hoy, para enjuiciar los errores en los que incurrimos, aceptando que muchas veces nos faltó capacidad analítica o la decisión para enfrentar determinados parámetros o estereotipos que a fuerza de repetición se nos iban imponiendo? Ello solo fue posible, para la mayoría de nosotros –actores pasivos o no–, porque lo realizado, o en proceso de construcción, era inmenso y sobrecogedor para la mayoría, lo sabíamos y lo sentíamos justo e incluyente, a pesar de sus errores.
No apostamos a convertirnos en unos saturnos descarriados, porque la experiencia que vivíamos superaba cualquier expectativa y la hacía gigante a nuestros ojos inexpertos. Nos sentíamos parte de ese tejido complejo en que se convierte una revolución que, como la nuestra, conquistó el derecho a expresarse como la voz común de todos y también el que aceptáramos el derecho a exigir una incondicionalidad que, en la actualidad, a pesar de no ser asimilada por las nuevas generaciones, a nosotros nos parecía una especie de fuerza avasalladora, expresión de una ruptura con nuestro devenir histórico, para dejar de ser los herederos infortunados de los excesos y errores cometidos por los encargados de construir una república «Con todos y para el bien de todos»1 y cuyo propósito no se había alcanzado, salvo vestigios que enaltecían a unos pocos.
Ese nuevo país que se levantaba, se había convertido en una utopía alcanzable y por ello la necesidad inclusiva, participativa, sin detenernos mucho a pensar sobre las desviaciones, errores y pérdida de una parte de nosotros, en aras de alcanzar la «obra» proyectada y sin estar preparados para impedir consecuencias catastróficas como realmente ocurrió, muy a nuestro pesar. De pronto, sin advertir y/o aceptar a lo que nos enfrentábamos, soslayando su verdadero nombre, la crisis que alcanzó ribetes totalizadores, comienza el deterioro de nuestro proyecto original.
En el presente, como consecuencia de lo anterior, afrontamos una crisis de autoctonía y de pérdida de valores inimaginables en nuestras conciencias y persiste en muchos la incomprensión de su comportamiento y desenlace. Estamos obligados a mirarnos desde una distancia incapaz de devolvernos lo perdido o a tratar de acercarnos a soluciones veraces desde nuestra autoctonía, sin olvidar tampoco la presión y la barbarie a las que nos han enclaustrado nuestros adversarios y que, lamentablemente, se presentan desdibujados a los ojos de nuestros jóvenes, por haber padecido circunstancias y restricciones no merecidas y que los aleja de la verdad que significa el legado como tributo de muchos.
Sin duda, ante las disyuntivas del presente, y a pesar de que las nuevas generaciones no ven a la anterior como sus referentes de continuidad, tanto para los unos como para los otros, el punto para encontrarnos y «narrar Cuba» debe seguir siendo un sueño joven, pero inclusivo, porque la patria sigue siendo joven en sus esencias, pero de todos. Los compromisos, los enjuiciamientos, las proyecciones y los defectos pertenecen a todos, aun cuando algunos practiquen su exclusión. Forma parte de nuestro entramado social y el que debemos asumir si en verdad queremos rescatar tesoros que sí fueron alcanzables y que a fuerza de errores se sienten como ausentes o perdidos.
Sentir la necesidad de rescatar esos tesoros y otros que puedan llegar a brillar por el valor de las nuevas experiencias sin exclusión, debe ser una premisa para dialogar y actuar con el convencimiento de que solo mediante la justeza de lo social y de modelar o cincelar el futuro con nuevas herramientas podremos enfrentar los nuevos retos y los nuevos tiempos, tan complejos o más que los de nuestra generación. Entenderlos, unirlos y ponerlos en funcionamiento, puede llegar a ser lo más difícil de nuestro compromiso con el país y la nación a la que pertenecemos por derecho propio, sin romanticismo ni falsas utopías. Si algo se ha aprendido de la experiencia histórica de una revolución como la nuestra, es que hemos bebido de una fuente de agua pura que se ha contaminado por nuestros procederes equívocos, pero, y he aquí lo complejo y lo contradictorio a su vez –al menos así la experimentamos–, impregnada de acciones y resultados casi inalcanzables, pero papables en una buena parte de su ejecutoria.
Si logramos aceptar esto último, más allá de resquemores y de reales circunstancias, de hechos fehacientes, como lo son esa gama de jóvenes instruidos y preparados con los que podemos contar para rehacer y enriquecer la obra, estaríamos en el camino de aceptar el todo y acercarnos a la ruta que nos compromete, al decir de Martí, de creer «Aún más en la república de ojos abiertos (…), juntos para ahora y para después, juntos para mientras impere el patriotismo, a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas, (…)».

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